16 ago. 2016

Minihistorias del PCR: aterrizaje

Los 3 PCRs en el vuelo a Honduras. Marcos, con sudor frío.
Ha pasado casi una semana desde el comienzo de la experiencia PCR, pero Irene, Marcos y Miguel tienen una cantidad de experiencias tal que no sabemos como recogerlas en un solo post. Por ello, hemos decidido adoptar el formato de minihistorias que recojan algunas de las increíbles cosas que han sucedido en estos días. Comenzemos por el principio: el aterrizaje.

Aterrizaje en Tegucigalpa (por Marcos Rial)

Todo tenía muy buena pinta: salida de Miami al amanecer, viendo la ciudad desde el avión, los everglades de Florida y todas esas cosas que se ven por la tele. Pero por desgracia un recuerdo me acompañaría durante todo el vuelo, mi miedo a volar y la peligrosa pista del aeropuerto de Tegucigalpa. Había leído que se trataba de una pista corta, pero es que además se encontraba enclabada entre montañas. Vamos, un cóctel más peligroso que el Bloody Mary (que era precisamente lo que necesitaba para soportar tal sufrimiento).

Nos acercábamos al destino. Por las ventanas se comenzaban a ver las montañas del norte de Honduras, los ríos, las parcelas de cultivo, las pequeñas ciudades... Era mejor que ver cualquier cosa del entretenimiento que nos ofertaban. No hay película mejor. Pero comenzábamos el descenso. Comenzaban los sudores fríos. El avión, en una pirueta jamás vista pero muy elaborada incluyendo varios rizos y tirabuzones (lo juro) y en la que aún estando de lado se podían ver las casas y las montañas, aterrizaba en Tegus para mi regocijo personal (y el de los otros pasajeros un poco también). Fue como quitarse una tirita de golpe.

Raquel, Gloria e Iván estaban esperándonos en el hall del aeropuerto para llevarnos a San Lorenzo. Pero antes de partir era obligada una paradita en el Café de Don Miguel donde entre sus frondosas plantas me podía secar tranquilamente el sudor mientras nos tomábamos unos refrescos superazucarados. Y ahora sí, a partir de ese momento comenzaba de forma oficial una gran aventura.

Viaje a la Isla del Tigre (por Irene Veiga)


Vista de la isla del tigre desde la barcaza
-"Buenas tardes señor, ¿dónde se coge el bus?" (que en hondureño quiere decir "Buenas tardes señor, ¿dónde se hace el amor al bus?". Así comenzaba nuestro viaje a la isla del Tigre, en el municipio de Amapala. A pesar de haber estado ensayando la gran frase unas cuantas veces, Miguel cayó en el error y aguantándose la risa el amable hondureño nos señaló el lugar donde se "agarran los autobuses", conocidos aquí como Chicken Buses. Estos buses multicolores son como un pequeño mercado con ruedas donde a lo largo del trayecto se suben vendedores distintos y una puede adquirir desde agua fresca y bananos hasta medicamentos o arroz frito chino. Asombrados tanto por el ambiente generado en el autobús como por el paisaje verde y montañoso llegamos a Coyolito, última parada y lugar dónde agarraríamos una barca hasta la isla. Los cobradores de este tipo de barcas tienen una asombrosa habilidad para trepar por ella mientras surca el mar a bastante velocidad. Una vez más, patidifusos nos encontramos.

Vista de Playa Grande. No es tan grande como parece.
Al llegar a la playa del Burro, nos subimos a un moto-taxi (especie de motocicleta de 3 ruedas con techo) donde Fran, el conductor, nos acompañaría más veces durante los dos días en la isla. Nos llevó al restaurante de Doña Digna, al lado de Playa Grande, que aunque de grande no tenía mucho tenía unas vistas increibles a unas islas Salvadoreñas. Que concho, estábamos en el pacífico! al agua! Sin saber bien si la temperatura era mayor dentro o fuera, disfrutamos como niños que chapotean por primera vez hasta que la tormenta a lo lejos empezó a sonar. Cena rica, cerveza típica hondureña, vistas al pacífico, a lo lejos un baile de rayos que iluminaba el cielo...en fin, la vida PCR es dura.

El ascenso al Cerro del Tigre (por Miguel Pino)


Vista de la comitiva que inicialmente emprendió el ascenso

Imagínese el buen lector el carácter que tuvo que tener la excursión que acometimos aquella mañana de sábado. Guiados por Noel, un nativo de la isla, profundo conocedor del entorno, padre de decenas de hijos según nos aseguró él mismo, decidimos escalar el imponente volcán (hoy inactivo) que corona la Isla del Tigre. Tal fue la comitiva que salió del hotel camino de la selva: un topógrafo cangués, una aparejadora coruñesa, un psicólogo bouzense (del famoso barrio vigués), una doctora hondureña y su inocente hija quinceañera, todos ellos llevados por el guía nativo.

En un comienzo, la subida no parecía difícil. Sin embargo, pronto la temperatura comenzó a subir y el camino a hacerse más pedregoso. A los 100 metros de ascenso, la primera baja: un jaguar ataca al grupo y se lleva a la hija de la doctora*. Fue un momento duro, pero hubimos de seguir adelante. Después, el camino se fue haciendo más angosto y la vegetación más cerrada. Esto por una parte era bueno, porque nos defendía del sol, pero por otra parte los insectos eran más grandes, y cada vez teníamos más la sensación de que algo nos vigilaba desde la espesura.

Mientras, el guía nativo nos iba contando anécdotas del lugar. Por ejemplo, en una ocasión le habían encargado recuperar el cuerpo de un noruego ahogado. Él lo recuperó, pero le dieron el dinero al oficial que estaba con él, y éste se quedó con todo sin darle nada. Afortunadamente, se gastó todo el dinero en bebida y murió. ''La deuda ya está saldada'', zanjó el guía. También nos contó que en lo alto del cerro habitaba un hombre cuya única misión era cuidar de la antena de telefonía que había allí, y que vivía de manera autosuficiente, de sus propios animales y cultivos.

De modo que seguimos el emocionante ascenso, intimidados por la flora y fauna, haciendo paradas de vez en cuando. De repente, por fin, al final de una subida, avistamos la cima. Aliviados, nos detuvimos a descansar mientras el guía se subía a un árbol de mango para agitar sus ramas, a 10 metros de altura, haciendo que el jugoso fruto cayera al suelo. De pronto, una figura saliendo de la espesura: un hombre con unos perros. La leyenda del hombre autosuficiente que cuidaba la antena era cierta, y de hecho, tuvo la amabilidad de mostrarnos sus cultivos de yuca y jenjibre.
Vistas desde lo alto del Cerro del Tigre.

Después, emprendimos el camino de bajada, más duro aún que la subida. El guía y la doctora nos dejaron solos, de tal manera que los PCRs tuvimos que buscarnos la vida en la selva para encontrar el camino de regreso.

En total, 784 metros de ascenso desde el nivel del mar en una sola mañana. Del grupo de 6 personas que salimos del hotel, solo 3 logramos regresar. Sin embargo, fue una experiencia única que nos enriqueció como personas.
*En realidad, dijo que estaba cansada y esperamos a que viniera a recogerla una moto-taxi.


Esperamos que estas mini-historias ilustren a nuestro público cómo han sido los primeros días de la estancia PCR. Pronto volveremos con más historias, y más emocionantes.

2 comentarios:

Sergio dijo...

Joé, esto parece la peli REC en tropical, jejeje. O si no un tropical-thriller :DDD
Aprendede moito!!!

Paula Esteban dijo...

Ehhh genial el formato de minihistorias , y el contenido por supuesto ! Yo también pasé sudores fríos en el vuelo jeje... :D Seguid así chicos , mola !!!