21 oct. 2016

Estancia en la comunidad de Azacualpa

Una de las actividades que los PCRs teníamos planificadas para hacer durante nuestra estancia en Honduras era convivir unos días con una familia de una comunidad, así que allá fuimos los dos PCRs de agua con muchísimas ganas.

Vivir en la comunidad de Azacualpa (a unos 20 minutos de nuestro Triunfo) fue desde el primer momento un aprendizaje continuo y también una conjunción de vivencias. Las personas que nos acogieron como dos más forman como dicen aquí una familia bien grande, además de bien unida.
En una misma parcela convive Doña Flor, que es la mamá de toda la familia con sus 4 hijas y un hijo (aunque ahora una de sus hijas está viviendo en Madrid), con sus nietos y una bisnieta de un añito. Duermen distribuidos en 2 casas y aunque recién han construido una casa grandota para la familia, todavía no se han trasladado a ella, pues falta algún pequeño detalle para que esté finalizada. Fue ahí en esa casa, dónde nos acomodaron a Miguel y a mi; primer gesto indicador de lo bien que nos trataron.
Un chumpe que salió a saludarnos

Una de las nietas de Doña Flor nos llevó a dar un paseo por la Comunidad y nuestra primera parada fue el centro básico. Allí es el lugar dónde enseñan educación primaria y además de las distintas aulas hay un patio bastante grande con árboles bien frondosos, entre los que destaca un matapalo impresionante.
En ese recinto hay acumulada una montaña de basura resultante de los deshechos del centro, aunque afortunadamente está disminuyendo desde que los alumnos reciclan algunos recipientes o bolsas para, por ejemplo hacer delantales y manteles. 

La verdad que la basura es un problema bastante grave aquí en Honduras y aunque hay gente que por su cuenta recopila los deshechos plásticos para venderlos a ciertas empresas, las bolsas de agua y las botellas vacías de Coca Cola abundan en las carreteras, en las calles y en los prados. Hasta el punto de estar casi mimetizados con el entorno, como una especie más, invasora del medio ambiente..

En nuestro paseo nos metimos por unos campos de maíz y durante unos minutos nos perdimos en sus infinitos surcos. Pero si eso no era lo suficientemente emocionante, una buena tormenta nos agarró. Cruzamos un río descalzos, minutos antes de que su caudal creciese todavía más y cuando ya no podíamos estar más mojados, decidimos relajar el paso. Para qué apurar, si ya estábamos predestinados a un catarro inminente. Mi lentilla derecha se había roto y en esa borrosa visión (entre lluvia y ceguera) zasca! el cerdo más voluminoso que jamás he visto cruzó corriendo el camino, seguido de un séquito de gallinas.
Campos de maíz que nos encontramos en nuestro paseo
Esa noche, después de cenar, nos dieron a los que no parábamos de estornudar, una infusión de plantas varias. La cocina, ubicada en una pequeña cabaña de adobe se convierte en noches de lluvia como aquella en el centro de reunión antes de dormir. Nos quedamos Doña Flor, que al poco se quedó dormida cual bebé, dos de sus hijas y yo platicando sobre costumbres de Honduras y de España, de aquí y de allí... Fue un rato bien bonito y agradable en el que me sentí muy cómoda, como si las conociera desde hace tiempo.

En resumen, fueron muchas las situaciones interesantes que se dieron esos dos días en la comunidad. No es lo mismo oír hablar de los problemas y beneficios que tiene vivir en un lugar así que conocerla de primera mano. Algunas de las cosas que me quedaron marcadas fueron:

  • Que la gente está bastante unida, al menos en Azacualpa así se percibía. Entre vecinos se ayudan si lo necesitan y toda la comunidad se conoce. Por ejemplo, si alguien necesita jalón (sitio en el carro, bien sea en los asientos o dentro de la paila=especie de remolque) no dudan en ofrecerlo.
  • En las comunidades se percibe más pobreza y más dificultad para crecer económicamente. Muchas familias tienen su casita de adobe, construida por ellos mismos con muchísimo esfuerzo y apenas tienen dinero para comer y poder comprar agua para asearse y cocinar. Otras, como la familia que nos dió cobijo esos días, han aprendido a organizarse y sacar mejor provecho de sus recursos, a veces apoyados por proyectos de agricultura y soberanía alimentaria. Es bien complicado, como dice la gente aquí.

Casa de adobe realizada por un hombre de la comunidad dónde vive con sus dos hijos pequeños

Mi experiencia ha sido realmente positiva, aprendiendo mucho de ellas y con ellas; y me refiero a estas mujeres porque en esta familia han sido para mi un ejemplo claro de fuerza, trabajo y valentía. Mujeres que comenzando con bien poco han conseguido vivir  de lo que cosechan y han luchado mucho, como contaban aquella noche en la cocina para que en su casa no  falte ni la educación ni una alimentación básica.

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